miércoles, 6 de noviembre de 2013

Las Misiones Pedagógicas



Si en algo se caracterizó el Gobierno de la II República, además, obviamente de sus políticas económico-sociales que favorecieron a amplios sectores del campesinado, trabajadores y capas populares, fue su empeño en desterrar el analfabetismo y la incultura de una España a todas luces atrasada y pobre.

Creado en 1931 el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes por el Gobierno republicano, dependiente de aquél se constituye el Servicio de Cultura Popular  antonomásticamente conocido como Cultura Popular-, órgano encargado de elaborar y poner en práctica una ambiciosa política de desarrollo educativo cultural. Fruto de esta política es la creación, por Decreto de 29 de mayo de 1931, de las Misiones Pedagógicas.

Las Misiones tuvieron su germen en el Museo Pedagógico Nacional de Madrid, fundado en 1882 por los krausistas y dedicado a fomentar la pedagogía de las ciencias y las humanidades. El Museo contribuyó de manera muy notable a avivar la reforma educativa y la escuela de finales del siglo XIX y comienzos de XX. Entre sus creaciones emblemáticas destaca el Laboratorio de Antropología Pedagógica, en cuyas instalaciones hervían las actividades pedagógicas de toda naturaleza, investigaciones, publicaciones, equipos de trabajo didáctico en ciencias experimentales y humanas y un largo etcétera. En este ambiente nacen las Misiones Pedagógicas.

El cometido fundamental de las Misiones era llevar a la población, con preferencia a las que habitaban en el medio rural, el progreso y los medios de participar en él. Tenían el encargo de «difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural»[1]

Para cada localidad visitada se realizaba un programa específico que atendía a sus necesidades. En los programas diarios se incluían proyecciones, audiciones y lecturas. Siempre se buscaba que las sesiones didácticas resultasen divertidas y amenas. Se buscaba un nuevo concepto de aprendizaje. El propósito de las Misiones no sólo se centraba en acabar con el analfabetismo en España, sin más: pretendía despertar el interés de la población por la lectura y la cultura y crear así un hábito que se mantuviese firme al término de las misiones.

Para llevar a cabo este ambicioso proyecto, las Misiones, de cuyo Patronato era presidente Bartolomé Cossío, se dividieron en secciones o servicios, todos ellos constituidos por personas voluntarias, que querían contribuir con la causa compartiendo su conocimiento con los más desfavorecidos. Así, se llevaron a cabo servicios de biblioteca, de cine -la plaza mayor solía ser una sala de proyecciones improvisada, a falta de un lugar más adecuado-, de teatro, de museo, gracias al cual durante una semana se exhibían obras de arte en salas improvisadas por los misioneros en las aulas de las escuelas o en cualquier otro local facilitado por el pueblo.

Las caravanas de las Misiones iban pertrechadas de colecciones de libros para prestar a los vecinos, leer en voz alta para quienes no sabían u organizar pequeños talleres literarios, atrezzos y enseres de teatro que los artistas utilizaban en sus representaciones de obras clásicas o modernas, fonógrafo y discos de música clásica o contemporánea, proyector de cine y películas que exhibían en las plazas o en lugares habilitados.

Con este aparataje, las Misiones llevaban a estos lugares libros, música, teatro, cine, que a la mayoría de los sitios jamás había llegado y las gentes desconocían por completo. Cuando llegaba la camioneta de las Misiones, para muchos de los vecinos de los pueblos constituía un auténtico acontecimiento y una fiesta, pues muchas de las gentes veían por primera vez una película de cine, oían una pieza musical, leían o escuchaban leer un libro (la mayoría eran analfabetos) o contemplaban una obra de teatro.

Entre los voluntarios, destacaban artistas, intelectuales, escritores, poetas de la Generación del 27, como Federico García Lorca, Luis Cernuda, Miguel Hernández, Antonio Buero Vallejo, José Bergamín, Rafael Alberti, Carmen Conde y tantos otros, que recorrían en pequeños autobuses y camionetas, o en burros y mulas cuando los caminos se hacían intransitables, las zonas más retiradas y recónditas del país en perdidos valles montañosos o rincones ocultos de la geografía nacional. En las comitivas iban también estudiantes y otros voluntarios apuntados de manera altruista para contribuir a la labor de las Misiones.

«Este momento maravilloso de España no es fruto de unos días. Es la obra de cincuenta años. Lo que cayó, cayó como una fruta madura por un proceso lento y evolutivo. Ese proceso lo determinaron dos fuerzas: la fuerza de aquella disciplina austera e inteligente que impuso a la masa obrera Pablo Iglesias[2], y la fuerza tenaz de cultura y afinamiento intelectual que emanaba de aquí, de esta casa [la Institución Libre de Enseñanza]. Sería insincero no decirlo». (Cossío, 1931)

La acción de las Misiones abarcaba tres aspectos:

1.     El fomento de la cultura general a través de la creación de bibliotecas fijas y circulantes, proyecciones cinematográficas, representaciones teatrales donde no había un teatro construido, conciertos, un museo circulante, etc.

2.     La orientación pedagógica a los maestros de escuelas rurales.

3.     La educación ciudadana necesaria para hacer comprensibles los principios de un gobierno democrático a través de charlas y reuniones públicas.

“Llevar a las gentes, con preferencia a las que habitan localidades rurales, el aliento del progreso y los medios de participar en él, en sus estímulos morales y en los ejemplos de avance universal, de modo que los pueblos todos de España, aun los apartados, participen en las ventajas y gozos nobles reservados hoy a los centros urbanos”. (Cossío, 1931).

-       LAS BIBLIOTECAS DE LAS MISIONES

Tal vez, lo más significativo de las Misiones para las gentes fuera la colección de libros que llevaban, las bibliotecas ambulantes, que se renovaban periódicamente.

Con la llegada de la Segunda República se produce, de forma institucional, un intento de cambio muy notable en muchos ámbitos de la realidad. Uno de ellos va a ser, sin duda ninguna, la cultura, apoyada con una nueva concepción del libro y de las bibliotecas. La política bibliotecaria republicana estuvo muy centrada en servir a la causa de la cultura de las masas, e incluso los intelectuales se sintieron comprometidos política y culturalmente con los proyectos republicanos.

La pretensión de esta ambiciosa política era crear un sistema de bibliotecas que llegara a toda la población española con el fin de elevar el pobre nivel educativo y cultural. Siguiendo el espíritu impulsado por el regeneracionismo, eran, para los hacedores de la República, el libro, la lectura y las bibliotecas, junto con las escuelas, las herramientas principales para desarrollar un vigoroso programa de regeneración nacional. Por ello, se realizó un extraordinario esfuerzo no sólo en la construcción de bibliotecas y escuelas, sino también en su dotación y mantenimiento.

Se crea para ello en noviembre de 1931 la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para Bibliotecas Públicas, organismo que multiplicó por veinte el presupuesto destinado a la adquisición de libros para las bibliotecas.

El Decreto creando el Patronato de las Misiones Pedagógicas encomienda a éste “el establecimiento de Bibliotecas fijas y circulantes, a base de los elementos existentes, de la actividad en este sentido del Museo Pedagógico Nacional, de la contribución directa del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y otras dependencias del Estado y de la colaboración de los particulares y de los organismos locales y provinciales”. A su vez, un Decreto de 7 de agosto de 1931 que ordena la creación de bibliotecas en todas las escuelas nacionales, confía al Patronato este servicio, “que dota con una subvención inicial de 100 000 pesetas, hasta ahora no aumentada y de evidente insuficiencia para la realización del propósito en un plazo discreto”.

Durante el tiempo que las Misiones pudieron ejercer su labor con normalidad y sin los sobresaltos que la Guerra Civil significó para el desarrollo de la actividad cultural, el número de bibliotecas creadas en 1935 a lo largo de todo el territorio nacional ascendía a más de cinco mil. Sólo en 1932 fueron creadas mil ciento ochenta y dos; en 1933 el número se incrementó en casi ochocientas y en 1934 España ya contaba con dos mil trescientas seis bibliotecas.

En agosto de 1931 se estableció en todas las escuelas primarias la apertura de una biblioteca dedicada tanto a niños como a adultos en zonas rurales carentes de servicio bibliotecario. La finalidad de estas bibliotecas era doble: por un lado, la de servir de apoyo a las tareas docentes de los maestros y de servicio de lectura a los alumnos; por otro, la de hacer la función de biblioteca pública destinada a todos los habitantes de la localidad donde, por lo general, no existía ese servicio.

La primera atención del Patronato fue dedicada a la selección de las obras que habían de integrar las bibliotecas; tarea de cierta dificultad, por ser destinados preferentemente los libros a un público rural, no habituado al goce de la lectura. Clasificadas las lecturas en dos grandes grupos, para niños y para adultos, el grupo primero se inclina casi uniformemente hacia los libros que representan la vida orientada al futuro, a las amplias creaciones que permiten a la imaginación infantil relacionar con el mundo visible otro mundo ensoñado. Los adultos se inclinan en primer término por la novela; la poesía y las obras de carácter sociológico figuran entre los libros solicitados en determinadas bibliotecas.

“Son los muchachos, de ordinario, según los datos recibidos, quienes mueven a leer a sus padres y hermanos. Libro que el chico lleva a casa es leído por el resto de la familia. En otros pueblos la biblioteca ha servido para estimular al vecindario para formar pequeñas sociedades de lecturas que allegan recursos destinados a la adquisición de nuevas obras.”(Patronato, 1931)

Otra de las medidas que emprendió el Gobierno de la República fue la creación de Bibliotecas Circulantes, es decir, una sección itinerante en todas aquellas bibliotecas que dependieran del Ministerio. Con esta medida, instaurada en agosto de 1931, se posibilitaba el acceso a la lectura en todas aquellas zonas rurales que carecían de biblioteca y también de medios económicos y culturales para la compra de libros.

Se pretendía también con esta iniciativa respaldar la campaña de alfabetización, promovida por el Gobierno de la República, para evitar que las personas que habían aprendido a leer gracias a la campaña tuvieran acceso gratuito a libros mediante las bibliotecas y, de este modo, no olvidaran el ejercicio de la lectura.
Así, la primera tarea encomendada a la mencionada Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para Bibliotecas Públicas fue la elección de lotes de libros para las Bibliotecas Circulantes, así como la distribución de libros incautados a la Compañía de Jesús entre organizaciones políticas, sindicatos, cárceles, reformatorias, casas regionales, ayuntamientos y centros docentes.

La Junta propició asimismo la creación de Bibliotecas Municipales, y en 1932 se estableció que todos aquellos municipios que carecieran de biblioteca podrían solicitar a la Junta su creación.

Se crearon distintos tipos de bibliotecas dotadas con libros cuya distribución se hacía según el número de habitantes de cada población:
· Las localidades de menos de mil habitantes recibían alrededor de ciento cincuenta volúmenes.
· Entre tres mil y diez mil habitantes recibían unos trescientos libros.
· Pueblos o ciudades cuyo número de personas superaba las diez mil contaban con quinientos libros o más.

Sin embargo, en los pueblos pequeños se encontraban mayores dificultades para llevar a efecto esta política bibliotecaria: si el político local o el cacique no estaban de acuerdo con la instalación de una biblioteca pública –por lo común, gentes contrarias al Gobierno republicano-, su desarrollo era muy difícil. En estos casos, las autoridades no prestaban ningún apoyo –locales, equipamientos, etc.- y los maestros, encargados generalmente de la biblioteca cuando no había bibliotecarios, temían las represalias en caso de aceptar la misión.

Los trabajadores y técnicos ocupados en mantener el servicio y la infraestructura bibliotecaria de las Misiones estaban dirigidos y coordinados por los bibliotecarios del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos –creado en 1858-, para lo cual se creó el Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico, cuya misión primordial era fomentar las labores llevadas a cabo por las Misiones en materia de política bibliotecaria. Tomás Navarro Tomás, insigne filólogo y director de la Biblioteca Nacional durante la contienda, o Juan Vicens, Teresa Andrés, Agustín Millares Carlo, Jordi Rubió i Balaguer o Antonio Rodríguez Moñino, entre otros ilustres, fueron destacados bibliotecarios al frente de esta gran labor.

-       CONCLUSIÓN

El fin de la II República española significó el fin del período más ilustrado de la historia de España en materia de cultura y educación, y el comienzo del período más aciago y dramático en materia de libertades, de dignidad, de educación, de derechos, de justicia y de cultura.

Finalizada la contienda, el control de las bibliotecas va a ser ejercido desde la Inspección del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. La destrucción del sistema bibliotecario republicano y de todas las organizaciones que habían articulado bibliotecas del tipo que fueren, va a ser ejecutado de forma contundente y quedará respaldado mediante órdenes oficiales. El citado Proyecto de Bases de un Plan de Organización General de Bibliotecas del Estado, de María Moliner, pensado para ser la columna vertebral de la política bibliotecaria de la República, fue repudiado por los responsables culturales del régimen franquista.

El franquismo hizo suya la proclama hecha al rey Fernando VII en la ciudad de Alcalá de Henares por un grupo de mediocres docentes de la Universidad Complutense para rendirle pleitesía y complacerle en su afamada aversión a la cultura: “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”. Máxima que transcurrido más de un siglo acometería con mayor virulencia el legionario franquista Millán Astray al grito de "¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!”. Ese fue el espíritu y la filosofía durante toda la Dictadura.

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