“El más importante
grupo de mejoras que pueden llevarse a la instrucción pública es aquel que
tiende por todos los medios posibles a formar el personal docente futuro y dar
al actual medios y facilidades para seguir de cerca el movimiento científico y
pedagógico de las naciones más cultas, tomando parte en él con positivo
aprovechamiento.”
Con estas expresivas palabras se iniciaba el preámbulo del
Real Decreto de 11 de enero de 1907 que creaba la JAE, un «logro tardío de la
Institución Libre de Enseñanza, protagonizado por la generación de 1914» (Cacho
Viu, 1988: 4). Un «logro tardío» que, sin embargo, sería el elemento clave, el
arco de bóveda, sobre el que se asentaría la reforma educativa y científica que
se pretendía.
La JAE concedió pensiones individuales y colectivas y
pensiones limitadas a la mera ayuda académica y administrativa y nombró
delegaciones en congresos internacionales y para misiones especiales. De ellas
se beneficiaron, entre 1907 y 1936, 85 maestros, 14 maestros-directores, 59
inspectores de enseñanza primaria, 52 profesores de Escuelas Normales, 10 de la
Escuela de Estudios Superiores del Magisterio (EESM), 16 de segunda enseñanza y
10 de universidad, si bien estas cifras parece que deben ser incrementadas a la
vista de recientes investigaciones de ámbito regional o sectorial. Además, 101
docentes gozaron de la condición administrativa de pensionados entre 1912 y
1930.
Con independencia de la política de pensiones, la JAE desempeñó
un papel fundamental en la formación inicial del profesorado de segunda
enseñanza y en la reforma, siguiendo el modelo y las propuestas
institucionistas, de este nivel educativo. Un modelo que, sin suprimir el
sistema de oposiciones, hubiera supuesto, de no haber tenido lugar la Guerra
Civil, la sustitución a medio plazo de buena parte del profesorado de este
nivel educativo por profesores formados de acuerdo con el mismo.
La reforma de la segunda enseñanza sólo debía emprenderse
cuando se dispusiera de profesores formados e identificados con las ideas de la
misma, y sólo debía llevarse a la práctica en aquellos institutos de segunda
enseñanza donde se contara con profesores debidamente formados y con un amplio
apoyo social. Su programa formativo debía cubrir tanto la formación teórica o
cultural como el «enseñar o hacer, el ver enseñar y el juicio crítico acerca de
la enseñanza hecha», así como los viajes al extranjero y, dadas las
dificultades o imposibilidad de crear una escuela normal para la formación de
los profesores de dicho nivel educativo, la creación de al menos un centro
docente especialmente dedicado a este fin (Cossío, 1924: 208). Este centro
sería el Instituto-Escuela creado en Madrid en 1918, al que seguirían en dicha
función formativa, durante la II República, los creados en Barcelona (1931), Valencia
(1932), Sevilla (1933), Málaga y Gijón (1933), aunque estos dos últimos no
llegaran a funcionar.
El Instituto-Escuela madrileño fue creado bajo la
dependencia de la JAE, con el «carácter de ensayo pedagógico» para
«experimentar nuevos métodos de educación» pero también (lo que en ocasiones se
olvida) para «experimentar nuevos (...) sistemas prácticos para la formación
del personal docente» como se decía en su Real Decreto fundacional de 10 de
mayo de 1918. Fue pues, una combinación de centro docente, escuela-modelo y
seminario pedagógico o centro de formación de profesores. Dicha formación, la
más completa que un licenciado que aspirara a una plaza en la segunda enseñanza
podía recibir en la España de aquellos años –y en los anteriores y posteriores
hasta incluso hoy en día–, consistía en:
-
Prácticas de enseñanza durante dos años, en
régimen de media jornada, asistiendo a las clases y encargándose directamente
de la enseñanza bajo la dirección del catedrático correspondiente.
-
Estudio de dos lenguas modernas a elegir entre
francés, inglés y alemán, en clases de dos o tres horas semanales a cargo de
profesores nativos.
-
Trabajos de laboratorio, por lo general en
alguno de los organismos (Centro de Estudios Históricos, Instituto Nacional de
Ciencias, Residencia de Estudiantes) de la JAE.
-
Estudios pedagógicos y filosóficos mediante
lecturas y la asistencia a las cátedras de Filosofía y Pedagogía de la
Universidad Central y de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio, o a
las enseñanzas que sobre estas cuestiones se impartían en el mismo
Instituto-Escuela.
-
Envío al extranjero, becados por la JAE, de
«algunos de los mejores» aspirantes al «Magisterio secundario» (Junta para
Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, 1925: 395-396).
Dado que el acceso a este modelo formativo no aseguraba el
ingreso posterior en el profesorado de segunda enseñanza, ni la realización de
los dos años de prácticas llevaba consigo una condición administrativa especial
y la percepción de la retribución consiguiente (a diferencia de lo que sucedía
en la EESM y de lo que, a partir de 1931, se establecería en relación con el
magisterio primario), uno puede estar tentado a pensar que la virtualidad de
este modelo debió de ser escasa o nula. Nada más lejos de la realidad. El
Instituto-Escuela madrileño, a través de la fórmula del «aspirantado», llevaría
a cabo, en muy pocos años, una labor de formación de profesores que, por su
calidad y nivel, hubiera renovado la segunda enseñanza en España si no se
hubiera producido la Guerra Civil, en especial si a dicha labor se hubiera
sumado la de los Institutos-Escuela de Barcelona, Valencia y Sevilla creados
durante la II República. Unas simples cifras bastarán para atestiguarlo. Desde
1918 a 1934, y sumando los licenciados en formación de cada año, se obtiene un
total de 668 «aspirantes» (Palacios,1988: 309). Si se tiene en cuenta que la
estancia de un buen número de ellos en el Instituto-Escuela llegó a los dos
años, dicha cifra debe ser reducida, para calcular el número de «aspirantes»
que pasaron por dicha institución, a unos 300. Desconocemos cuántos de ellos se
integraron como profesores en la segunda enseñanza, tras las correspondientes
oposiciones. Lo que sí sabemos es que el total de catedráticos de este nivel
educativo era de 487 según el escalafón de 1925 y de 717 en el de 1936, y que
desde su fundación en 1918 hasta 1925, el número total de «aspirantes» formados
en el Instituto-Escuela fue de 87 habiendo obtenido «muchos de ellos» cátedras
por oposición (Junta para Ampliación de Estudios,1925: 396). Un hecho no
extraño si se tiene en cuenta la mejor preparación con la que, en general,
concurrirían a las oposiciones a cátedras o, ya en la II República, a los cursos
de selección para nombrar «encargados de curso» que tendrían lugar en el verano
de 1933, quienes se habían formado como «aspirantes» en el Instituto-Escuela,
que sería avalado después, como tal hecho, por el testimonio del catedrático y
ministro de educación del régimen franquista, Lora Tamayo, en sus memorias:
“Tengo para mí que se
mantuvo el buen estilo docente en la enseñanza media durante el primer tercio
del siglo [XX], y a ello contribuyeron sin duda, las primeras promociones
salidas del Instituto-Escuela de Madrid que, sobre todo en sus principios, fue
[un] excelente centro formativo de profesorado de enseñanza media (…). Los que
terminaban en aquellos años la licenciatura en Ciencias aspiraban al privilegio
de ser ayudantes en el Instituto-Escuela como garantía de una buena formación.”
(Lora Tamayo, 1993, p. 22).


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