jueves, 21 de noviembre de 2013

El papel de la JAE en el modelo reformista institucionista

“El más importante grupo de mejoras que pueden llevarse a la instrucción pública es aquel que tiende por todos los medios posibles a formar el personal docente futuro y dar al actual medios y facilidades para seguir de cerca el movimiento científico y pedagógico de las naciones más cultas, tomando parte en él con positivo aprovechamiento.”

Con estas expresivas palabras se iniciaba el preámbulo del Real Decreto de 11 de enero de 1907 que creaba la JAE, un «logro tardío de la Institución Libre de Enseñanza, protagonizado por la generación de 1914» (Cacho Viu, 1988: 4). Un «logro tardío» que, sin embargo, sería el elemento clave, el arco de bóveda, sobre el que se asentaría la reforma educativa y científica que se pretendía.

La JAE concedió pensiones individuales y colectivas y pensiones limitadas a la mera ayuda académica y administrativa y nombró delegaciones en congresos internacionales y para misiones especiales. De ellas se beneficiaron, entre 1907 y 1936, 85 maestros, 14 maestros-directores, 59 inspectores de enseñanza primaria, 52 profesores de Escuelas Normales, 10 de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio (EESM), 16 de segunda enseñanza y 10 de universidad, si bien estas cifras parece que deben ser incrementadas a la vista de recientes investigaciones de ámbito regional o sectorial. Además, 101 docentes gozaron de la condición administrativa de pensionados entre 1912 y 1930.

Con independencia de la política de pensiones, la JAE desempeñó un papel fundamental en la formación inicial del profesorado de segunda enseñanza y en la reforma, siguiendo el modelo y las propuestas institucionistas, de este nivel educativo. Un modelo que, sin suprimir el sistema de oposiciones, hubiera supuesto, de no haber tenido lugar la Guerra Civil, la sustitución a medio plazo de buena parte del profesorado de este nivel educativo por profesores formados de acuerdo con el mismo.



La reforma de la segunda enseñanza sólo debía emprenderse cuando se dispusiera de profesores formados e identificados con las ideas de la misma, y sólo debía llevarse a la práctica en aquellos institutos de segunda enseñanza donde se contara con profesores debidamente formados y con un amplio apoyo social. Su programa formativo debía cubrir tanto la formación teórica o cultural como el «enseñar o hacer, el ver enseñar y el juicio crítico acerca de la enseñanza hecha», así como los viajes al extranjero y, dadas las dificultades o imposibilidad de crear una escuela normal para la formación de los profesores de dicho nivel educativo, la creación de al menos un centro docente especialmente dedicado a este fin (Cossío, 1924: 208). Este centro sería el Instituto-Escuela creado en Madrid en 1918, al que seguirían en dicha función formativa, durante la II República, los creados en Barcelona (1931), Valencia (1932), Sevilla (1933), Málaga y Gijón (1933), aunque estos dos últimos no llegaran a funcionar.

El Instituto-Escuela madrileño fue creado bajo la dependencia de la JAE, con el «carácter de ensayo pedagógico» para «experimentar nuevos métodos de educación» pero también (lo que en ocasiones se olvida) para «experimentar nuevos (...) sistemas prácticos para la formación del personal docente» como se decía en su Real Decreto fundacional de 10 de mayo de 1918. Fue pues, una combinación de centro docente, escuela-modelo y seminario pedagógico o centro de formación de profesores. Dicha formación, la más completa que un licenciado que aspirara a una plaza en la segunda enseñanza podía recibir en la España de aquellos años –y en los anteriores y posteriores hasta incluso hoy en día–, consistía en:

-       Prácticas de enseñanza durante dos años, en régimen de media jornada, asistiendo a las clases y encargándose directamente de la enseñanza bajo la dirección del catedrático correspondiente.

-       Estudio de dos lenguas modernas a elegir entre francés, inglés y alemán, en clases de dos o tres horas semanales a cargo de profesores nativos.

-       Trabajos de laboratorio, por lo general en alguno de los organismos (Centro de Estudios Históricos, Instituto Nacional de Ciencias, Residencia de Estudiantes) de la JAE.

-       Estudios pedagógicos y filosóficos mediante lecturas y la asistencia a las cátedras de Filosofía y Pedagogía de la Universidad Central y de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio, o a las enseñanzas que sobre estas cuestiones se impartían en el mismo Instituto-Escuela.

-       Envío al extranjero, becados por la JAE, de «algunos de los mejores» aspirantes al «Magisterio secundario» (Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, 1925: 395-396).


Dado que el acceso a este modelo formativo no aseguraba el ingreso posterior en el profesorado de segunda enseñanza, ni la realización de los dos años de prácticas llevaba consigo una condición administrativa especial y la percepción de la retribución consiguiente (a diferencia de lo que sucedía en la EESM y de lo que, a partir de 1931, se establecería en relación con el magisterio primario), uno puede estar tentado a pensar que la virtualidad de este modelo debió de ser escasa o nula. Nada más lejos de la realidad. El Instituto-Escuela madrileño, a través de la fórmula del «aspirantado», llevaría a cabo, en muy pocos años, una labor de formación de profesores que, por su calidad y nivel, hubiera renovado la segunda enseñanza en España si no se hubiera producido la Guerra Civil, en especial si a dicha labor se hubiera sumado la de los Institutos-Escuela de Barcelona, Valencia y Sevilla creados durante la II República. Unas simples cifras bastarán para atestiguarlo. Desde 1918 a 1934, y sumando los licenciados en formación de cada año, se obtiene un total de 668 «aspirantes» (Palacios,1988: 309). Si se tiene en cuenta que la estancia de un buen número de ellos en el Instituto-Escuela llegó a los dos años, dicha cifra debe ser reducida, para calcular el número de «aspirantes» que pasaron por dicha institución, a unos 300. Desconocemos cuántos de ellos se integraron como profesores en la segunda enseñanza, tras las correspondientes oposiciones. Lo que sí sabemos es que el total de catedráticos de este nivel educativo era de 487 según el escalafón de 1925 y de 717 en el de 1936, y que desde su fundación en 1918 hasta 1925, el número total de «aspirantes» formados en el Instituto-Escuela fue de 87 habiendo obtenido «muchos de ellos» cátedras por oposición (Junta para Ampliación de Estudios,1925: 396). Un hecho no extraño si se tiene en cuenta la mejor preparación con la que, en general, concurrirían a las oposiciones a cátedras o, ya en la II República, a los cursos de selección para nombrar «encargados de curso» que tendrían lugar en el verano de 1933, quienes se habían formado como «aspirantes» en el Instituto-Escuela, que sería avalado después, como tal hecho, por el testimonio del catedrático y ministro de educación del régimen franquista, Lora Tamayo, en sus memorias:


“Tengo para mí que se mantuvo el buen estilo docente en la enseñanza media durante el primer tercio del siglo [XX], y a ello contribuyeron sin duda, las primeras promociones salidas del Instituto-Escuela de Madrid que, sobre todo en sus principios, fue [un] excelente centro formativo de profesorado de enseñanza media (…). Los que terminaban en aquellos años la licenciatura en Ciencias aspiraban al privilegio de ser ayudantes en el Instituto-Escuela como garantía de una buena formación.” (Lora Tamayo, 1993, p. 22).


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