Asumir
la pedagogía crítica en el contexto de la educación es pensar en un nuevo
paradigma del ejercicio profesional del maestro, es pensar en una forma de vida
académica en la que el punto central del proceso de formación considera esencialmente
para quién, por qué, cómo, cuándo y dónde se desarrollan determinadas
actividades y ejercicios académicos. De igual manera, asumir este paradigma constituye
un punto de partida que conduce a que l escuela interiorice el marco político
de la educación, es decir, este paradigma es una base para que el sistema educativo,
en su conjunto, fortalezca la crítica sobre las formas de construcción del
conocimiento y sobre las maneras en que ese conocimiento se convierte en fuerza
social.
El
maestro que desarrolla la pedagogía crítica considera el proceso educativo
desde el contexto de la interacción comunicativa; analiza, comprende, interpreta
y trasforma los problemas reales que afectan a una comunidad en particular. Concibe
la educación como posibilidad para la identificación de problemas y para la
búsqueda de alternativas de solución desde las posibilidades de la propia
cultura. Considera a la ciencia como la opción de rejuvenecimiento espiritual,
como mutación brusca que contradice el pasado para reconfigurar el presente (Bachelard,
1984).
En
esta perspectiva, el maestro interpreta las prácticas educativas en los marcos
político y social: en lo político, por cuanto que recupera el análisis del comportamiento
intelectual que desarrolla el sujeto frente a unas condiciones culturales de
existencia; y en lo social, dado que interpreta una opción pragmática y
aplicada del saber reconstruido en la escuela.
Normalmente,
la educación se ha establecido como una construcción cimentada en los
reglamentos y en las políticas de gobierno del momento, en los que se pregona
el conocimiento puramente instrumental, el conocimiento como una salida a un
problema económico inmediato. Desde otro ángulo, la pedagogía crítica toma el
conocimiento como fuente de liberación (Freire, 1989). Desarrolla la
construcción del conocimiento en función de la construcción de los significados
que subyacen a las teorías y discursos tradicionales. Lleva al sujeto hacia la
lectura de la realidad, especialmente en función de detectar los problemas
culturales e inconsistencias sociales (educación repetitiva, corrupción
política, delincuencia, etc.); en la perspectiva de revelar los nuevos niveles
de cinismo y de tranquilidad con la que se los acepta y se los integra a la
cotidianidad. Los intelectuales éticos tienen la responsabilidad de insistir en
la verdad y, al unísono, tienen la obligación de contemplar los acontecimientos
en su perspectiva histórica (Chomsky, 1974).
En
esta dirección, se entiende la educación como un proceso de negociación que
facilita la comprensión de los significados y de los sentidos subyacentes en
los fenómenos de la realidad; como un proceso que crea espacios de
interpretación en función de la posición de sentido al servicio de la voluntad
de poder (Gadamer, 1997). Se establece como un camino hacia la transformación
social en beneficio de los más débiles. Supone compromiso con la justicia, con la
equidad y con la emancipación de las ideologías dominantes. Fortalece la
autonomía y la autogestión con miras a la construcción del pensamiento propio. Busca
dirimir cómo y por qué el poder y el orden, encarnados en el estado, se
manifiestan como patrones de dominio social (Múnera, 1994).
Entre
los supuestos que se requiere considerar en la pedagogía crítica se pueden
señalar los siguientes: la participación social, la comunicación horizontal
entre los diferentes actores que integran los estamentos, la significación de
los imaginarios simbólicos, la humanización de los procesos educativos, la
contextualización del proceso educativo y la transformación de la realidad
social.
En general,
el currículo, desde la pedagogía crítica, se sumerge en la manera de comunicarse
entre los grupos humanos, en el lenguaje, en las costumbres y tradiciones, en
los hábitos, en los comportamientos y las aficiones. Es preciso señalar que, en
este entorno, la cultura se la entiende como práctica simbólica sobre la cual
se ejercita el pensamiento y las opciones imaginarias que, finalmente, se
adquieren y se interpretan como ideas generales.
En
la pedagogía crítica, los conceptos de currículo, enseñanza y aprendizaje se
concretan en las representaciones de la realidad (cómo es y cómo debería ser) y
tienen efectos reales. El discurso sobre el currículo crea una idea social y
pragmática del sujeto. El papel de la escuela, especialmente el de la escuela
pública, no se interpreta sólo como espacio de reproducción ideológica y
social, sino como escenario de investigación y de resistencia contrahegemónica.
En este contexto, el saber escolar no soslaya las realidades culturales
presentes en el aula, es un espacio de intercambio y de cruce cultural que
genera competencia cultural e ideológica y, por tanto, capacidad para afrontar
problemas diversos y respuestas alternativas.
La
escuela supone vivencias y experiencias diversas que permiten salir del
anquilosamiento académico, cultural y facilita la conexión con la realidad
social. La escuela sugiere, como ya se señala más arriba, el desarrollo del
pensamiento crítico convergente de los movimientos educativo, pedagógico, cultural,
sociopolítico e histórico.
Se
insiste en el desarrollo del pensamiento crítico convergente, por cuanto la
escuela circunscrita en esta tendencia favorece el consenso como fruto del disenso,
la discusión y la tolerancia conceptuales. En este tipo de escuela se
confrontan los diferentes movimientos curriculares y educativos territoriales, nacionales
e internacionales; se analizan los enfoques pedagógicos a la luz de las
necesidades históricas y presentes del contexto; se reflexiona sobre los imaginarios
culturales que regentan las prácticas comunicativas; se discierne sobre las
ambigüedades, las injusticias y los despropósitos socioculturales a la luz de
las necesidades, de las urgencias y de los deseos de grupos marginales; se
reconsidera la historia para desenmarañar las falacias establecidas sobre ciertos
personajes o acontecimientos sociales y se busca deshacer los seudobeneficios
brindados por una determinada estirpe grupal o de coyuntura. En este prisma
conceptual, la dimensión de la educación democrática y en particular del
currículo no reside sólo en los contenidos, sino en las prácticas que suponen
los mismos. Es decir, los contenidos se constituyen en pretextos para el
desarrollo de esta praxis.
La
escuela se pregunta por qué, para qué, a quién, cómo, cuándo y dónde enseñar.
Así el proceso de aprendizaje se orienta hacia la formulación de problemas y la
planificación de alternativas de solución. Se produce la reconstrucción de la
autonomía y los fines de la educación a partir de problemas y conflictos concretos
situados en contextos socio–históricos específicos. Se fundamenta el diálogo
orientado a consensos, de manera que los valores son inseparables de lo
afectivo y lo cognitivo.
Conclusión
La
pedagogía crítica es una opción que facilita el trabajo escolar en función del
reconocimiento del sujeto como agente de cambio social. Es un espacio
conceptual en el que los problemas individuales o colectivos toman vigencia
para ser analizados a la luz de la teoría y de la práctica; es la posibilidad
de humanizar la educación. En este contexto, el currículo se diseña y se
implementa como una alternativa que cuestiona los modos de vida académica y los
estilos de vida que han generado el estado y la sociedad como tal. Y la
didáctica se gesta como el diálogo, estudiante– saber–profesor y sociedad, con
perspectivas funcionales, como el reencuentro de la academia con las
dificultades y los proyectos colectivos.


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